Temps de confinament con Izaskun Zuazu

Hoy en el ciclo “Temps de confinament. Ciutat, habitatge i societat postcovid” entrevistamos a Izaskun Zuazu.

Izaskun Zuazu Bermejo es investigadora postdoctoral en el Institute for Socio-Economics, University of Duisburg-Essen (Alemania). Es doctora en economía por la Universidad del País Vasco UPV/EHU, ha trabajado como investigadora en economía política en la Universidad Sapienza de Roma (Italia) y ha sido investigadora visitante en la Toulouse School of Economics (Francia) y en la Universidad de Nueva York (EEUU). Su trabajo se centra en el estudio de las instituciones políticas y calidad institucional en el crecimiento económico y desigualdad económica, segregación de género en el mercado laboral y las diferencias de género en la ideología política.

 

¿Qué dos aspectos priorizarías cambiar de los espacios que habitas (vivienda, ciudad, pueblo, …): movilidad,espacio de relación (comunitarios, calles, etc.), servicios de proximidad, presencia de verde, infraestructuras como internet o energía, tipología comercial, recursos de proximidad, la participación ciudadana en cuestiones urbanas, infravivienda, etc.? ¿Qué aporta más la reflexión provocada por COVID-19 sobre tus prioridades?

Vivienda y espacios de relación. La pandemia y el confinamiento han puesto de relevancia cómo, junto al acceso a la sanidad pública, el acceso a una vivienda digna es un derecho democrático inherente a cualquier estado del bienestar. La vulnerabilidad de nuestro sistema de salud pública se ha visto multiplicada por el tipo de vivienda al que tienen acceso la mayoría de la población.

Hablando desde un punto de vista personal y simplificando mucho la crisis de la COVID, creo que la población ha vivido diferentes confinamientos en base al tipo de vivienda. Dejando al margen consideraciones socioeconómicas y demográficas, creo que enfrentarse a un confinamiento viviendo en un piso con un espacio reducido y sin terraza no ha tenido nada que ver con sobrellevar el confinamiento viviendo en un piso con terraza, o vivir en una casa grande con espacio o en una casa con jardín, por ejemplo. Los problemas de salud pública derivados de la interacción entre pandemia y vivienda, que pueden ir desde problemas mentales a déficit de vitamina D por escasa exposición a la luz solar, pasando por deterioro del estado físico por la falta de actividad física, deben afrontarse desde un punto de vista de los derechos humanos.

Estrechamente ligado a estas consideraciones sobre la vivienda están los espacios de relación. Los espacios de relación en la era postcovid van a transformarse para poder dar cabida a soluciones ante nuevas posibles pandemias. La relación entre un espacio de vivienda reducido y la escasez de espacios verdes acentúa el deterioro de la calidad de vida de la población.

En cuanto a la reflexión que creo que la pandemia debería generar pasa por la provisión de un parque de viviendas público y la regulación de un bien de primera necesidad como es la vivienda. La desigualdad económica previa a la pandemia y los problemas sobre la vivienda, que ya se manifestaron y agudizaron con la gran recesión de 2008, han creado un escenario trágico donde la provisión pública de vivienda y sanidad deben ser prioritarios en la recuperación y diseño de políticas públicas. La mejora de la salud pública de calidad, fomentando un acceso universal a la misma, son cuestiones que obviamente la pandemia pone de manifiesto en primer lugar. Si las condiciones laborales y de vivienda previas a la pandemia eran muy deficientes para ciertos sectores sociales, la pandemia no ha hecho más que empeorar y re-precarizar.

La COVID tiene que suponer un cambio de paradigma donde estas cuestiones para que la sanidad y vivienda tengan una prioridad especial. La precariedad laboral se une a unas condiciones de vivienda que son incompatibles con las propias medidas para frenar la pandemia. Esto ha desembocado situaciones trágicas para familias y personas migrantes, dado que sufren un mayor grado de temporalidad laboral. Las medidas que llegarán desde Bruselas para los fondos de recuperación en abril de 2021 parece que van por la línea de reducir la temporalidad, algo que parece necesario, pero que ha de venir acompañado de más mejoras del mercado laboral, que ayuden a reducir la desigualdad económica y, en última instancia, reduzcan la divergencia de vulnerabilidades entre sectores poblacionales ante futuras crisis, ya sean económicas, sanitarias o climáticas.

 

 

¿Crees que serán posibles estas transformaciones con el postcovid? ¿Se te ocurre alguna acción concreta para llevarla a cabo?

La posibilidad de que la pandemia nos haya enseñado lecciones y se puedan llevar a cabo las transformaciones necesarias depende de cómo la ciudadanía responda durante la recuperación. Va a ser interesante ver la transformación política en la era postcovid, y saber qué demandas políticas finalmente llegan al parlamento y se crean políticas y acciones derivadas de éstas.

En relación a los espacios de relación, el fomento de espacios verdes y parques deberían entrar dentro del diseño de la recuperación postcovid. El confinamiento ha puesto de relevancia la necesidad de relación y la transformación del tipo de interacción social. Ante posibles futuras pandemias, el diseño urbano debe tener en cuenta la provisión de espacios públicos donde se puedan llevar a cabo actividades sociales al aire libre. Acciones en concreto en este sentido podría ser la obligatoriedad de proporcionar un porcentaje del espacio urbano destinado a parques y zonas verdes que puedan ser utilizadas durante todo el año.

 

 

¿Qué dependencias, vulnerabilidades o falta de resiliencia ha evidenciado la pandemia en las economías de los Estados del sur de Europa, como España, Italia, Grecia, Portugal, etc.? ¿Qué cambios en la planificación económica en ese sentido son necesarios e inmediatos?

Las características socioeconómicas y demográficas que la periferia europea partía previas a la pandemia, como una demografía envejecida, una estructura productiva donde el turismo tiene un peso muy grande en el sector de los servicios, brecha de género salarial y segregación de género del mercado laboral, o los niveles de desigualdad económica, son algunos de los aspectos importantes a la hora de valorar las vulnerabilidades de estas economías. Paralelas a estas consideraciones, quiero destacar dos aspectos concretos que deberían tenerse en cuenta a la hora de dar una respuesta a la crisis de la COVID: el tipo de régimen de bienestar del sur de Europa y la brecha digital en la educación.

Un elemento común a los estados sur de Europa es el régimen de estado de bienestar familiaristas, donde el desarrollo institucional para proveer cuidados es limitado, y donde las tareas del cuidado se desenvuelven eminentemente dentro de los hogares y de manera no remunerada. La mayor parte de este trabajo no remunerado lo desempeñan mujeres, lo que perjudica la incorporación de la mujer al mercado laboral, como se ve en la divergencia de las tasas de actividad y de ocupación de las mujeres de la periferia europea y las mujeres del resto de Europa. La división sexual del trabajo y los roles tradicionales de género en las sociedades capitalistas patriarcales son factores que pueden explicar cómo la pandemia ha tenido un impacto más negativo para las mujeres que para los hombres[1]. Otras economías europeas, como es el caso de las escandinavas, la economía del cuidado tiene un peso más fuerte en el mercado de trabajo remunerado. No obstante, la segregación de género es transversal a toda Europa.

La COVID ha puesto de relevancia la brecha digital de una manera sin precedentes, lo que ha supuesto el acceso desigual de la infancia a la educación. Creo que el acceso desigual de los hogares a internet y recursos electrónicos reducen la capacidad de “nivelar el tablero de juego” que la educación tiene (la educación pública tiene en principio el poder de dar un acceso democrático a la formación y posteriormente al mercado laboral, y por tanto reducir la desigualdad). Como consecuencia, se verá una reducción de la movilidad social y un incremento de la desigualdad económica en generaciones futuras si no se revierten los impactos de la COVID mediante políticas públicas. Además, debemos considerar el impacto de la crisis del COVID desde una perspectiva interseccional, y por tanto ver cómo la brecha digital, la reducción de la movilidad social, etc., pueden tener un efecto diferente en función del género, etnia, estatus migrante o nativos…

[1]Leed aquí datos concretos para España del Observatorio de La Caixahttps://observatoriosociallacaixa.org/-/las-tareas-domesticas-y-el-cuidado-de-los-hijos-durante-el-confinamiento-una-labor-asumida-principalmente-por-las-mujeres

 

 

¿Crees que las profesiones esenciales o reproductivas (sanitarias, cuidados, limpieza…) han pasado a tener más valor a raíz del COVID?¿Qué sectores o aspectos son claves para fundamentar un modelo económico que sea socialmente más justo y distributivo, ambientalmente sostenible y fomente la solidaridad y autonomía de las personas?¿Es necesario el decrecimiento económico para hacer frente a la crisis que trae consigo la pandemia?

Como explica Nancy Folbre en su teoría del valor de los cuidados[1], el sector del cuidado está infravalorado, infrapagado e infraprotegido. Como consecuencia de ello, su impacto en el consumo total es desconocido, y los principales indicadores macroeconómicos, por ejemplo, el Producto Interior Bruto (PIB), no lo contemplan.

La crisis de la COVID ha tenido un impacto sin precedentes en el sector del cuidado. El cierre de los colegios y guarderías, centros de día y otras infraestructuras del cuidado han incrementado los trabajos de cuidado no remunerado dentro de los hogares. De nuevo, es claro que las decisiones de quién y cómo se asume este incremento del cuidado dentro de los hogares es crucial no solo para entender la brecha de género, sino para entender el funcionamiento de la economía en su conjunto. En el contexto de la pandemia, nos encontramos con una reducción de la demanda de empleo en el mercado laboral. Una situación donde el desempleo sube y los ingresos bajan, al mismo tiempo que la cantidad de trabajo no remunerado de cuidados se incrementa (dado el cierre de las instituciones que las proveen pública o privadamente). Una de las peculiaridades del confinamiento es que un pilar de la estructura del sector del cuidado en países de la periferia europea se ha visto anulado (abuelas y abuelos al cuidado de la infancia, trabajo también no remunerado). La desigualdad y la precariedad son el resultado de esta cascada de efectos que ha sido posible al tipo de estructura económica y reproducción social (esta última entendida como el tiempo y el dinero que hace falta para invertir, mantener y producir vida).

En cuanto a acciones concretas, creo que una política fiscal con perspectiva de género[2], que corrija el reparto desigual del trabajo no remunerado y del sector de los cuidados (que muchas veces se realiza dentro de la economía informal), es esencial para conseguir una distribución de los trabajos remunerados y no remunerados más justo y sostenible, y por tanto a una economía más saludable para toda la población. Una participación plena de la mujer en la producción pasa entender la reproducción social como parte inherente del tejido productivo, algo que la pandemia nos debería dejar como lección aprendida. Invertir en la economía del cuidado, trabajo que debe verse como un bien público, es clave para alcanzar una recuperación sostenible en el medio y largo plazo.

Finalmente, y en relación al decrecimiento económico, yo creo que es prioritario cambiar los indicadores de referencia, como es el crecimiento del PIB y adoptar objetivos en base a una desagregación sectorial que permita el crecimiento y la inversión en los sectores públicos críticos. Estos sectores son tales como la energía limpia, educación o la sanidad. Es necesario el decrecimiento de los sectores fundamentalmente insostenibles o que tienen un rol en la continuidad y el exceso de consumo. El sesgo estadístico que tiene el uso del PIB es que no cuenta con el valor de lo producido por el trabajo no remunerado, y éste lo desempeñan eminentemente mujeres. Crisis como la del COVID ha hecho incrementar los desequilibrios en el reparto del trabajo no remunerado y remunerado, y hace todavía más evidente la necesidad de otros indicadores estadísticos económicos.

[1]Aquí el blog de la economista Nancy Folbre https://blogs.umass.edu/folbre/2020/04/08/the-care-theory-of-value/

[2]He aquí un trabajo de la economista María Pazos sobre el caso español  http://mariapazos.com/libro-desiguales-ley-completo-pdf/

 

 

Para finalizar, estamos haciendo una colección de palabras en relación a “la ciudad que queremos”. ¿Cuál es la primera palabra o idea breve que te viene a la mente con este enunciado?

CERCANÍA

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